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Ω Runa Domafuegos Ω

Mensaje por Runa Domafuegos el Miér Nov 30, 2016 9:12 pm

Runa Domafuegos


  • Guerrera – Jinete de Wyvern
  • Enana
  • -
  • Edecán y Salvaguarda de Khorgrim Acero Sombrío – Criadora de Wyverns (Nv 2.) - Herrera Enana (Nv1)
  • Reino del León
  • Clanes del Norte
  • 30 años.
  • 1'43 (Cm)/62(Kg)


Historia del Personaje

Una mujer enana es un tesoro aún más preciado que una mina llena a rebosar de painita, rodio, taaffeíta o cualquier otra clase de metal altamente escaso en la naturaleza. Para la sociedad mediana, el nacimiento de una fémina en el seno de alguna de sus familias es motivo de júbilo, alborozo, regocijo y festejo no sólo para los propios bendecidos por el don de la vida, sino para todo el pueblo. La llegada de una niña al mundo, para un enano, simboliza fortuna, prosperidad y, sobretodo, trascendencia. Y es que la natalidad entre esta raza siempre se ha caracterizado por ir en negativo, llegando algunos eruditos a afirmar que, a sus ojos, incluso decrece década tras década por culpa de las guerras descarnadas y la desgraciada escasez de hembras entre los suyos. Una señorita recién nacida es la promesa de no quedar sepultados bajo los infames hombres, los afeminados elfos, los “sueltos” feéricos o los engendros orcos.

Teniendo todo esto en mente, no es difícil imaginar el delicioso deleite que recorrió desde la coronilla hasta la punta de los pies al fornido Dorn (hijo de Durl, quien a su vez era descendiente de Ahrdagh Dientesmordientes, un mediano que en sus años buenos se había entregado con uñas e incisivos -de ahí su singular apodo- a la lucha contra los Clanes del Norte) cuando le anunciaron el alumbramiento de su primera y única vástaga: Runa. No era un hombre dado a las lágrimas, mas no pudo evitar emocionarse por haber sido bendecido de aquella maravillosa manera... Ah, las delicias que le aguardaban de ese momento en adelante le resultaban indescriptibles hasta en su mente, pues considerarle un ser culto y letrado sería un crimen atroz. No era culpa suya: la totalidad de su vida había sido malgastada en la herrería familiar junto a una desagradable mujer que pocas o ninguna alegrías le había reportado a lo largo de tantos años de matrimonio. Hasta ahora, claro estaba. El parto fue un tanto prolongado y plagado de ciertas dificultades técnicas, pero los gastos médicos quedarían compensados de sobremanera gracias a la recién nacida. De eso, al mundano Dorn, no le cabía la menor duda... o eso pensaba él.
 
De su infancia no hay grandes hazañas que destacar, salvo el peculiar hecho de que Runa era poco hija de sus padres. A diferencia de a ellos, no le gustaba que le regalaran elegantes trapitos por el estúpido hecho de no tener un pene colgando entre sus piernas, no le agradaba ni una pizca que la gran casa en la que vivían -cortesía del Rey Bajo la Montaña- fuera gracias a su sexo, no le causaba regocijo que la fama de su linaje recayera en sus tetas y en su desventurado bisabuelo desdentado del que nadie ya se acordaba... A Runa la asqueaba que le entregaran la vida cortada en cachitos, ya masticada y digerida. No estaba hecha para los méritos de nacimiento, sino para los propios. Y eso la hacía sentirse absoluta y totalmente fuera de lugar.
Sus pequeños actos de rebeldía (que si ''ese vestido es incluso más feo que tu cara de esperpento'', que si ''atrévete a sentarme a la mesa con ese caraculo y te comes la cuchara en lugar del postre'' o que si ''me tocas con esos polvos endemoniados te juro que te los tragas enteritos'') desembocaron en la desesperación de sus familiares. Runa traía a sus padres de cabeza, sin duda. Pero ojo, no lo hacía aposta... Al menos, no al principio. No fue hasta cumplir los diez años que se dio cuenta de que no obedecería nada con lo que no estuviese de acuerdo, sencillamente, porque no le daba la puta gana. Así de simple, sencillo y básico.

Verse forzada y obligada a contraer matrimonio a los doce años, una vez floreció como mujer, le sentó como una brutal patada en los ovarios. Su marido, Hathar Barbarrebelde (podréis imaginar el motivo por el que era llamado de esa manera), se trataba de un señor quincuagenario al que poco le quedaba del vigor y el fuego de la juventud. Durante el día, Runa pensaba que acabaría muriendo de soporífero aburrimiento; en la noche, el mediano ponía todo su empeño en dejarla encinta. Mas eso nunca llegó a pasar: trescientos sesenta y cinco días fueron malgastados en balde, pues las entrañas de Runa se mostraron aparentemente reacias a la idea de traer vida al mundo. Oh, la deshonra llegó a la familia... ya que una mujer enana yerma en aún menos que una veta de hojalata.
¿Cuál fue el destino de la chiquilla? Pasar a formar parte del más peligroso e infructífero escuadrón de todo el Reino del León: los Cazadragones. Armados con lo que podían, eran enviados por el Rey Bajo la Montaña en busca de wyverns que asesinar, desollar y descuartizar sin pizca de piedad ni remordimiento. Las partes de esas criaturas poseían un valor incalculable en los mercados, así que perder un par de decenas de enanos a cambio de ellas merecía la pena desde un punto de vista... económico. El moral, mejor, ni mencionarlo.

Durante los dos años que allí estuvo, Runa podría haber muerto, sí, pero demostró más valía, destreza y precisión que centenares de enanos con los que se cruzó a lo largo de su camino. No se paraba a cuestionarse si las bestias merecían o no la muerte: en el campo de batalla, tenía que elegir entre su propia vida o la de ellas. Era una lucha en igualdad de condiciones, así que consideraba sus victorias limpias y justas... al menos, hasta que una mañana se enfrentó a una wyvern hembra que intentaba proteger sus huevos con cruenta desesperación. Cuando cayó derrotada, sus dos enormes ojos siguieron pendientes del nido incluso mientras el resto del escuadrón la despiezaban sin muestra de piedad alguna. ¿Los cascarones? fueron, obviamente, pisoteados, destrozados y masacrados. O eso pareció en un primer momento porque, cuando Runa se acercó a los restos de uno, un hociquito negruzco se asomó entre los cadáveres de sus hermanos no natos. Efectivamente, una cría había logrado sobrevivir a la impía masacre. El animalillo se asió a su pierna y ascendió por su cuerpo, repentinamente cegado por el amor incondicional de un hijo hacia su madre. Se había improntado de ella.
Desorientada, Runa trató de zafarse, mas algo indomable y cálido en la pequeñez de su tacto la hizo detenerse. Movida por un repentino y desconocido instinto protector, decidió que se llevaría a la criaturilla en sus viajes; velaría por su seguridad a toda costa.

El tiempo transcurrió raudo y, apenas un año más tarde, esconder a Garganta Férrea se volvió una tarea ciertamente... peliaguda. Su crecimiento era directamente proporcional a su instinto depredador, así que terminó ocurriendo lo que tenía que pasar: se comió a dos niños enanos después de que estos descubrieran su escondite y jugaran a lanzarle piedras directamente a los ojos. De un bocado, sin pararse siquiera a saborearlos. Ocultar a su camarada dejó de ser una opción, y ambos, tanto amazona como montura, se vieron arrastrados frente al Rey Bajo la Montaña. ¿Su sentencia? 40 latigazos públicos para la primera y la pena de muerte para el segundo. Runa cumplió su castigo, mas no estaba dispuesta permitir que ejecutaran a su escamoso compañero; la noche antes de su ejecución, se coló en el recinto donde lo mantenían preso y escapó bien sujeta a su lomo hacia las tierras de los Clanes del Norte. Allí, perdida en un sinfín de cordilleras afiladas, sabía que se alzaba Karaz-Angorh, la ciudad del Acero Sombrío. Olvidada, confinada a un rincón del mapa y lejana a la jurisdicción del rey, se aferró a la idea de encontrar un bastión inexpugnable en el que refugiarse de su mirada. ¿Cómo penetrar en la ciudadela? La idea le vino sola al cruzarse con un emisario que iba de camino hacia allí: le rasgó con certeza la garganta, recogió la carta que portaba, su sello que lo marcaba como mensajero y suplantó su identidad con una feroz frialdad.
Una vez en el salón principal de la fortaleza, frente a Borgham, señor del lugar, expuso el contenido del reporte llegado desde el Reino del León y, a mayores, expuso tanto su caso como la deshonra imperdonable que suponía la convivencia de Humanos y Enanos llevada a cabo dentro de sus fronteras. Habló con fiereza, odio y pasión, despertando heridas cerradas en algunos y abriendo nuevas en otros; nadie quedó indiferente tras sus palabras.
Por mediación de Khorgrim, segundo hijo del Rey de Karaz-Angorh, logró lo que tanto deseaba: quedarse en la ciudad bajo la protección de sus torreones. Se unió a él y sus nobles objetivos como edecán y salvaguarda personal, lista para eliminar a cualquier amenaza que osara presentarse ante él. Así mismo, ordenó la formación un nuevo escuadrón, los Domadragones, que parten trimestralmente con la misión de capturar wyverns (vivos, por supuesto); una vez son traídos a territorio amigo,ella misma se encarga de domarlos, entrenarlos y amansarlos para que puedan ser montados por jinetes dignos de tan nobles criaturas.

Actualmente, quince años después de su  llegada a la ciudad, continúa ejerciendo ambas labores con su habitual entereza tras haber participado en incontables luchas contra bárbaros y caníbales del Norte. Las historias sobre sus logros en el campo de batalla recorren de un extremo a otro innumerables reinos, donde empieza a ser conocida, tanto por aliados como por enemigos, por el temibles sobrenombre de Runa Domafuegos.

Otros datos

  • Runa es considerada una eminencia dentro de Karaz-Angorh y una figura legendaria entre los enanos. Los rumores sobre su origen son copiosos y no menos imaginativos, pues se ha llegado a decir que fue criada por wyverns como una hija más entre sus crías. Su presencia en las guerras siempre es sinónimo de fuego, humo y cenizas.
  • Repudia a cualquier raza que no pertenezca a los medianos, pues siempre ha considerado al resto de criaturas demasiado endebles, cobardes o, en su defecto, deshonrosas en comparación con los enanos.
  • Su espalda se encuentra cruzada por sendas, hondas y diversas cicatrices. Aunque su origen reside en la pena dictada por el Rey Bajo la Montaña, las tropas especulan sobre historias en las que el propio Garganta Férrea es responsable directo de ellas. O, más bien, sus garras.
  • Su reputación es más notoria en las regiones de los Clanes del Norte y del Reino del León, aunque se han empezado a levantar susurros sobre ella en otras partes del mundo.


Runa Domafuegos

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Re: Ω Runa Domafuegos Ω

Mensaje por The Oracle el Jue Dic 01, 2016 3:01 am

Aceptado


Pasa por el World Building ya que tu historia afecta a la ambientación para que podamos añadirlo adecuadamente.
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