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Dos exiliados, dos coronas, un destino. (Izdihaar)

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Dos exiliados, dos coronas, un destino. (Izdihaar)

Mensaje por Eäredan Du'Athir el Sáb Nov 26, 2016 9:02 pm

Rotten era una ciudad muerta. En el sentido literal de la palabra, pues no había necesidad de metáforas al referirse a la urbe oscura gobernada por y para los vampiros. Pero entre sus calles desiertas o plagadas de espectros, esqueletos y, obviamente, vampiros había cierto encanto… uno macabro y particular. No cualquiera era capaz de apreciar la belleza de la ciudad, no… desde luego no alguien adorador de la Luz o algunos de los hipócritas miembros de la Teocracia Abranxista de los humanos o, peor aún, ciertos individuos que abrazaron la Luz como filosofía de vida. Esa Luz que era incapaz de satisfacer las necesidades de quienes la reconocían, solamente recibiendo penas y reglas a cambio de su calor.

Eäredar no era de éstos últimos. Hacía siglos que había dejado atrás su linaje luminoso y se había pasado a las Sombras. Sin embargo, a diferencia de muchos individuos que se fanatizaban en la oscuridad de la noche, él seguía viendo a la fuerza del mal y del caos como otra herramienta necesaria en el equilibrio del mundo y, por tanto, necesitada de un contrapeso… en éste caso, la Luz misma. El elfo oscuro vivía en una ciudad sumida en la oscuridad, pero no planeaba la destrucción de las fuerzas del bien, solo su sometimiento… al menos de una parte de ellas. Su otra razón para permanecer en Rotten era la necesidad de seguir investigando en la biblioteca de Necromancia que había en el Archipiélago, puesto que si bien los años le habían dado mucha experiencia, nunca estaba satisfecho.

Pero si bien tenía un pueblo que recuperar, también era responsable por la gente que lo seguiría hasta la muerte. Sus Díleas (Fieles), el ejército guerrillero conformado por Elfos oscuros y feéricos que no se atenían a las reglas de la Corte de Cristal. Por suerte contaba con la ayuda de Izdihaar, su segunda al mando, la guerrera más capaz de su raza que había conocido y, además, una de las mejores herreras también. La había convocado a su encuentro para comunicarle la nueva noticia… una particularmente misteriosa, pero no menos interesante. Incluso, quizás, estaría interesada en participar del evento que estaba por ocurrir.

Sentado en su mansión, en el escritorio que daba a la oscuridad del no-día debido a las nubes que cubrían el Sol en el Archipiélago, el Exiliado leía una carta por décima vez. El consejo gobernante de Rotten necesitaba voluntarios para explorar una… malformación en la urbe, y estaba considerando seriamente formar parte de los mismos. Se enderezó en el asiento y se rascó el grueso mentón, quizás demasiado cuadrado para los rasgos estilizados de un elfo, pero que no resultaban desagradable a la vista. Vestía una larga túnica gris y violácea, con un cinturón que la ajustaba a su torso y que tenía el símbolo de una calavera de colmillos afilados hecha de oro y de ojos amatistas. A su lado, el báculo que lo marcaba como un usuario de la magia descansaba parsimoniosamente, pero el silencio de la sala fue roto cuando uno de sus guardias llamó a la puerta.

“Mi señor, Lady Izdihaar acaba de llegar.” El nigromante hizo un gesto vago con la mano para indicar que la dejaran pasar y se irguió, mirando por la ventana con sus ojos rojos. Su gesto serio indicaba que estaba pensativo pero sus razones permanecían igual de misteriosas que toda su figura. Pensaba en la torre de Cristal y en los prados verdes del Gran Bosque y su espesura, y en el desagradecimiento de su gente ante un príncipe con mejor visión de futuro.
Eäredan Du'Athir

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